[Vertiges de Spinoza]: Tumba para ZOURABICHVILI

François Zourabichvili, hace más de un año puso fin a su vida antes de cumplir los posibles que prometía. Las vidas son como las estrellas fugaces, breves y furtivas a tal punto que sólo disponemos, para conducirlas, de una moral provisional y un tanteo experimental para los cuales nos hacen falta reglas, no siendo capaz el entendimiento de ir a la misma velocidad que el deseo de los cuerpos y de los gestos que preceden, a veces, cualquier intención. Vemos ritmos aparalelos, regímenes diferentes, atributos (prisioneros en un dualismo arítmico) que, luego, no se superponen y sin embargo se desarrollan a un mismo galope.
Reconocemos, en este esfuerzo por devolver las determinaciones del cuerpo a las determinaciones de las ideas, una forma de cartesianismo en Spinoza, aún lejano, aún al reducirlo desde el interior a una única sustancia. Tenemos lo inadecuado, forzosamente, en toda vida, los desgarrones que una ética puede buscar reglar de tal manera que lo que nosotros deseemos envuelva efectivamente lo que hacemos y que lo que pensemos integre mejor –de manera adecuada- lo que encontramos. Una física del pensamiento, es quizá esto lo que François Zourabichvili debía intentar, oponer a « la imaginería transformista que obsesiona al espíritu humano y lo mantiene en una impotencia de la que la ética debe salir ». ¿Cómo entonces salir, cómo salir de esta inadecuación y envolver en el mejor de los casos lo que nos llega del afuera, lo impensable sea del modo que sea? ¿No es ahí, finalmente, que se anuda la relación con la muerte, ella que nunca se anuncia, inasimilable, constituyendo lo que permanece, para nosotros, absolutamente exterior y como extraño? Se impone entonces un deseo de sobrepotencia capaz de terminar con la muerte.
El epílogo con el que termina la tesis de François Zourabichvili no tiene otro sentido: envolver y morir. Tal título y su suerte llevaron a François a conducir un seminario en el Ciph sobre el envolvimiento. Y es verdad que « la idea de una afección del cuerpo es a la vez desbordante y desbordada ». Tenemos, contra lo esperado, encuentros, un ribete que se desliza, se desarrolla a una velocidad que el pensamiento no puede envolver. Diremos que, en una concepción epicúrea, la muerte nunca es objeto de una experiencia posible. Rehúsa acogernos, abrigarnos, permaneciendo exterior a cualquier posibilidad de envolverla. Por el tiempo que la piense, la muerte no es y desde que es, ya no soy capaz de pensarla. Hay ahí una inadecuación que hace de la muerte un acontecimiento, en un suceder que no se mide ya en el orden del pensamiento, incapaz de capturarla en su inadecuación.
Sin duda el proyecto de una eternidad spinozista modifica esta relación entre la muerte que nos llega, y su idea hasta envolverlas en una velocidad común y volverlas adecuadas una a la otra. Se perfila entonces una muerte del adentro, una idea envolvente y una muerte envuelta en un gesto que es el del desbordamiento de potencia : « el suicidio como última afirmación de un espíritu que está muriendo », « conserva hasta el límite lo que muere, matando lo que llega » Notamos aquí una imbricación en el orden de lo que llega al cuerpo y lo que puede envolver el pensamiento, pero todavía sin duda una invasión, una infección, un parasitismo por el pensamiento racional excesivo que constituye un límite para el inmanentismo que Zourabichvili debía interrogar en su trabajo actual, atrapado por una sobrepotencia que no es más que el eco de potencia y que lo llevo a plantear la pregunta final : « ¿Muere el espíritu por esas confusiones ? ».
No nos corresponde responder a estas preguntas, pero vemos que ese eco de la muerte llega a turbar el poder de nuestras almas. El envolvimiento se muda en una potencia ilusoria que la tesis de François debía esclarecer: «¿La ética no consiste, a contrario, en desenredar las formas que se apoyan unas con otras? », ¿los entrelazos que se desencadenan en un teatro y una tragedia de la que nosotros debíamos discutir respecto de una tesis sobre Deleuze acerca de la cual Badiou nos pedía ser los ponentes ? ¿Cómo desenredar, desenvolver los malos envolvimientos y envolver, sin embriaguez, los desenvolvimientos preferibles? sobre esta pregunta François Zourabichvili nos ha dejado y siempre nos dará a pensar.
Jean-Clet Martin
Reconocemos, en este esfuerzo por devolver las determinaciones del cuerpo a las determinaciones de las ideas, una forma de cartesianismo en Spinoza, aún lejano, aún al reducirlo desde el interior a una única sustancia. Tenemos lo inadecuado, forzosamente, en toda vida, los desgarrones que una ética puede buscar reglar de tal manera que lo que nosotros deseemos envuelva efectivamente lo que hacemos y que lo que pensemos integre mejor –de manera adecuada- lo que encontramos. Una física del pensamiento, es quizá esto lo que François Zourabichvili debía intentar, oponer a « la imaginería transformista que obsesiona al espíritu humano y lo mantiene en una impotencia de la que la ética debe salir ». ¿Cómo entonces salir, cómo salir de esta inadecuación y envolver en el mejor de los casos lo que nos llega del afuera, lo impensable sea del modo que sea? ¿No es ahí, finalmente, que se anuda la relación con la muerte, ella que nunca se anuncia, inasimilable, constituyendo lo que permanece, para nosotros, absolutamente exterior y como extraño? Se impone entonces un deseo de sobrepotencia capaz de terminar con la muerte.
El epílogo con el que termina la tesis de François Zourabichvili no tiene otro sentido: envolver y morir. Tal título y su suerte llevaron a François a conducir un seminario en el Ciph sobre el envolvimiento. Y es verdad que « la idea de una afección del cuerpo es a la vez desbordante y desbordada ». Tenemos, contra lo esperado, encuentros, un ribete que se desliza, se desarrolla a una velocidad que el pensamiento no puede envolver. Diremos que, en una concepción epicúrea, la muerte nunca es objeto de una experiencia posible. Rehúsa acogernos, abrigarnos, permaneciendo exterior a cualquier posibilidad de envolverla. Por el tiempo que la piense, la muerte no es y desde que es, ya no soy capaz de pensarla. Hay ahí una inadecuación que hace de la muerte un acontecimiento, en un suceder que no se mide ya en el orden del pensamiento, incapaz de capturarla en su inadecuación.
Sin duda el proyecto de una eternidad spinozista modifica esta relación entre la muerte que nos llega, y su idea hasta envolverlas en una velocidad común y volverlas adecuadas una a la otra. Se perfila entonces una muerte del adentro, una idea envolvente y una muerte envuelta en un gesto que es el del desbordamiento de potencia : « el suicidio como última afirmación de un espíritu que está muriendo », « conserva hasta el límite lo que muere, matando lo que llega » Notamos aquí una imbricación en el orden de lo que llega al cuerpo y lo que puede envolver el pensamiento, pero todavía sin duda una invasión, una infección, un parasitismo por el pensamiento racional excesivo que constituye un límite para el inmanentismo que Zourabichvili debía interrogar en su trabajo actual, atrapado por una sobrepotencia que no es más que el eco de potencia y que lo llevo a plantear la pregunta final : « ¿Muere el espíritu por esas confusiones ? ».
No nos corresponde responder a estas preguntas, pero vemos que ese eco de la muerte llega a turbar el poder de nuestras almas. El envolvimiento se muda en una potencia ilusoria que la tesis de François debía esclarecer: «¿La ética no consiste, a contrario, en desenredar las formas que se apoyan unas con otras? », ¿los entrelazos que se desencadenan en un teatro y una tragedia de la que nosotros debíamos discutir respecto de una tesis sobre Deleuze acerca de la cual Badiou nos pedía ser los ponentes ? ¿Cómo desenredar, desenvolver los malos envolvimientos y envolver, sin embriaguez, los desenvolvimientos preferibles? sobre esta pregunta François Zourabichvili nos ha dejado y siempre nos dará a pensar.
Jean-Clet Martin
Traducción: Ernesto Hernández, Cali, Enero 6 de 2009.
Via El Vampiro Pasivo
Gracias a JuanPa de Máquinas Abstractas
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Etiquetas: Deleuze
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