El sol negro de la asepsia foucaultiana

Para referirse con cierta seriedad a la obra y pensamiento de Michel Foucault, hay que intentar ser foucaultiano y aplicar la misma asepsia que el propio Foucault aplicaba a su pensamiento. Ello no resulta tan dificil como parece, si se considera que su voz escritural, sus posturas, sus giros, sus dandismos, y su estilo en general, nunca fueron repelentes al encarnamiento y a la incorporación de su obra. Pero para que esa seriedad valga en sí misma hay que saber leer entrelíneas y detectar los candados que Foucault se hizo a sí mismo para tornasolear sus influencias. Habría sobre todo que rastrear las voces que compusieron el sol negro de su nietzscheanismo. Ese rastreo precisa constatar cómo su pulcritud lo llevaría a dejar de considerar el inicio de su obra a partir de Enfermedad mental y personalidad. Habría que ver cómo evitó partir de esa obra para centrar su pensamiento desde de La Historia de la Locura. Habría que ver sin duda cómo ese centramiento reformulaba siempre su sistema cada vez que publicaba una obra nueva. La pulcritud valdría pues para evitar que la posteridad tienda a decantar su pensamiento y su obra sólo a partir de sus influencias. Y es que una cosa es que Foucault haya llegado a Nietzsche mediante Bataille y otra es que se haya abrazado al Nietzsche batailliano. Foucault supo siempre sacudirse a tiempo sus influencias y siempre supo cómo sacar de quicio a sus "maestros" para extraerles lo mejor de ellos. Esto es sustancial para clarear el nietzscheanismo de Foucault y ser un buen contrafoucaultiano.
Es preciso cuidarse de leer en Foucault aquello que está dado en el contexto intelectual o disciplinario donde aparecieron sus obras: la lectura transversal que se puede hacer de la obra foucautiana siempre hay que autorreferirla respecto al acontecimiento que fue el propio Foucault. No tanto respecto a sus vecindades, mimetismos o posibles configuraciones. La retrospectiva del ejercicio académico no suele ser lo suficientemente fina como para filtrar este tipo de cuestiones, y suele contentarse con referenciar sus análisis o encadenamientos en el marco de influencias colindantes, o a partir de conceptos y nociones que se hacen explícitos al interior de su propia empresa, y que funcionan dentro de su propio campo disciplinario, pero que son perfectamente retráctiles al despliegue foucaultiano, del todo impuros para el ejercicio netamente filosófico, injustos e incluso laxos también, respecto a los detalles en curso. Si bien el nietzscheanismo de Foucault permite aventurarse más hacia las apuestas de sentido experiencial y menos hacia los estrechismos del encadenamiento lógico-académico, no hay que dudar que haya una estela alusiva que pueda ser en ocasiones traída por el propio Foucault respecto a sus influencias, a propósito de algún tema en específico (como la sexualidad, o la teatralidad) sin que ello implique que su obra o su pensamiento queden así demarcados. Hay que tener claro que Foucault era quisquilloso para con él mismo: se movía y pensaba transversalmente. Por eso resulta necesario abordarlo también de un modo transversal, dado que nunca permitió que sus enfoques se sostuvieran por sus influencias. A excepción de Nietzsche.
Es preciso cuidarse de leer en Foucault aquello que está dado en el contexto intelectual o disciplinario donde aparecieron sus obras: la lectura transversal que se puede hacer de la obra foucautiana siempre hay que autorreferirla respecto al acontecimiento que fue el propio Foucault. No tanto respecto a sus vecindades, mimetismos o posibles configuraciones. La retrospectiva del ejercicio académico no suele ser lo suficientemente fina como para filtrar este tipo de cuestiones, y suele contentarse con referenciar sus análisis o encadenamientos en el marco de influencias colindantes, o a partir de conceptos y nociones que se hacen explícitos al interior de su propia empresa, y que funcionan dentro de su propio campo disciplinario, pero que son perfectamente retráctiles al despliegue foucaultiano, del todo impuros para el ejercicio netamente filosófico, injustos e incluso laxos también, respecto a los detalles en curso. Si bien el nietzscheanismo de Foucault permite aventurarse más hacia las apuestas de sentido experiencial y menos hacia los estrechismos del encadenamiento lógico-académico, no hay que dudar que haya una estela alusiva que pueda ser en ocasiones traída por el propio Foucault respecto a sus influencias, a propósito de algún tema en específico (como la sexualidad, o la teatralidad) sin que ello implique que su obra o su pensamiento queden así demarcados. Hay que tener claro que Foucault era quisquilloso para con él mismo: se movía y pensaba transversalmente. Por eso resulta necesario abordarlo también de un modo transversal, dado que nunca permitió que sus enfoques se sostuvieran por sus influencias. A excepción de Nietzsche.
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